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viernes, 24 de octubre de 2014

No Bajes



Cuando era pequeña, mi familia se mudó a una enorme casa de dos pisos. Era una construcción muy vieja, con techos altos, grandes ventanales y tablones que rechinaban.

Yo dormía en uno de los cuartos de la planta alta, al fondo de un largo pasillo con varios pares de puertas. Era común que me quedara allí jugando por horas con mis muñecas, pues al ser hija única, los juguetes eran mi única compañía.

Una tarde, mientras terminaba de peinar a mi muñeca favorita, escuché la voz de mi mamá, que me llamaba desde la cocina, en la planta baja.

Me levanté de un salto y salí corriendo del cuarto a toda velocidad, pues a mi madre nunca le ha gustado que la hagan esperar demasiado.

Antes de llegar a la escalera, sentí cómo un par de manos me tomaron por debajo de los brazos y me llevaron hacia el interior de una de las habitaciones.

Mi corazón dio un vuelco y la impresión me hizo soltar un grito muy agudo. Un instante después, me di cuenta que el misterioso par de manos pertenecían a mi mamá, que en ese momento, estaba cerrando la puerta con una expresión de terror en su rostro.

Se acercó a mí, y en voz baja me dijo: —No bajes a la cocina… Yo también lo escuché.

martes, 18 de febrero de 2014

Puertas



Soy adoptado, nunca conocí a mi verdadera madre, es decir, es posible que llegara a conocerla en algún momento, pero era muy pequeño como para recordarlo. A pesar de todo, yo amaba a mi familia adoptiva, pues siempre fueron amables conmigo. Me alimentaban bien y vivíamos en una casa cálida y muy cómoda, donde además me dejaban quedarme despierto hasta tarde.

Déjenme contarles rápidamente sobre mi familia: Primero, está mi madre. Nunca llegué a llamarla “mamá” ni nada por el estilo, sólo le hablaba por su primer nombre, Janice. A ella nunca le molestó, y es que la llamé así por tanto tiempo, que posiblemente dejó de darse cuenta de ello. De cualquier modo, era una mujer muy amable, creo que fue ella quien sugirió que me adoptaran en primer lugar. A veces recargaba mi cabeza en su regazo mientras veíamos televisión y ella me hacía cosquillas en la espalda. Es una de esas madres hollywoodenses.

Luego, está mi padre. Su verdadero nombre era Richard, pero como nunca le agradé demasiado, empecé a llamarlo “papá” en un intento desesperado por ganarme su afecto. No funcionó, creo que no importaba cómo me refiriera a él, pues nunca me amaría tanto como a su propio hijo. Era comprensible, así que dejé de presionarme para agradarle. El atributo más notable de Papá era su inamovible severidad, pues no le molestaba golpear a sus hijos cuando hacían algo mal, y eso lo aprendí de la forma difícil, en la época en que no sabía usar el baño correctamente. Él no dudó en darme una palmada de vez en cuando, y bueno, si ahora me porto bien es gracias a sus métodos.

Por último, hablaré de mi hermana. La pequeña Emily era muy pequeña cuando me adoptaron, casi teníamos la misma edad, pero ella seguía siendo un poco mayor que yo. Aún así, me gusta pensar en ella como mi hermanita. Nos llevábamos mejor de lo que los hermanos se suelen llevar, aún sin ser adoptados. Siempre nos quedábamos despiertos charlando hasta muy tarde, bueno, en realidad, ella hablaba y yo sólo escuchaba, pues la quería demasiado.

Como no teníamos muchas habitaciones, -y como no quería dormir yo solo cuando era más pequeño-, tenía una colchoneta para mí a un lado de su cama, y había dormido allí desde entonces. Era genial conmigo, porque disfrutaba estar con ella y siempre me sentí con el deber de proteger a mi hermanita.

Pero todo cambió un horrible miércoles por la noche. Estaba en casa tomando una siesta, cuando la pequeña Emily abrió la puerta del frente. El sonido de la puerta abriéndose me despertó y caminé desde la habitación, al final del pasillo, hasta la sala. Allí fue cuando recordé que era miércoles, pues nunca fui muy bueno llevando la cuenta de los días. De hecho, simplemente diré que mi sentido del tiempo era terrible, pero sabía que era miércoles porque Emily acababa de regresar de la reunión semanal de su grupo cristiano. Ella corrió desde la puerta a abrazarme, y detrás de ella venían Papá y Janice.

¿Tuviste una buena siesta? Preguntó Janice, mientras me alborotaba el pelo. Tan sólo sacudí mi cabeza resoplando, respondiendo a su cariño.

“¡No le contestes con esos ruidos a tu madre!” dijo Papá, áspera y autoritariamente. Cerró la puerta tras de sí y colgó su abrigo. “Obviamente estaba jugando” me limité a rezongar para mis adentros. Creo que no me escuchó, pues no sentí que me golpeara por ello. Emily se dirigió a nuestra habitación y yo la seguí. Empezó a contarme acerca de su día, ya saben, las clásicas historias de adolescentes, pero la escuché para hacerla sentir importante.

Al finalizar su historia, me sugirió ir a ver televisión con ella, y al llegar a la sala, salté al sofá, mientras ella iba por el control remoto. La televisión se encendió y la disfrutamos juntos hasta que se hizo de noche. Emily era ese tipo de chica que, en vez de ver caricaturas y telenovelas, prefería sintonizar Discovery Channel, Animal Planet o National Geographic. A mí también me gustaba ver esos programas, así que no ponía objeción alguna, de hecho, eran los únicos canales que realmente podían captar mi atención.

El tiempo avanzó y después de un rato, Janice se paró junto al sofá. “Emily, ya deberías estar dormida. Apaga la televisión y ve a tu cuarto. Tú también” dijo, señalándome. Emily apagó el televisor y se levantó de mala gana. Comenzó a caminar por el pasillo, y mientras la seguía, no podía sacudirme la idea de que algo andaba mal.

Llegamos a la habitación y Emily apagó la luz. Al igual que ella, logré ver por el rabillo del ojo que algo se movía afuera, a través de la ventana. Cuando giré la cabeza, lo que sea que fuera, había desaparecido. De cualquier modo, decidí permanecer alerta, por el bien de mi hermana.

Me quedé allí, en la oscuridad, sin nada más que un rayo de luz, proveniente del alumbrado público, alumbrando el cuarto. De vez en cuando, podía jurar que escuchaba sonidos a través de la ventana… ramas rompiéndose, hojas crujiendo, ropas frotándose, acompañadas de un extraño olor a sangre y sudor. No pude cerrar los ojos en toda la noche.

Los sonidos y olores se fueron atenuando, a medida que me relajaba, y al final, mis párpados terminaron por cerrarse.

Al poco rato, se escuchó un estruendo muy ruidoso al otro lado de la casa. Me levanté en seguida. “¡Hay alguien en la casa!” grité, mientras la adrenalina corría por mi cuerpo. “¡Despierta!” le supliqué a Emily. Cuando vi que despertaba y se sentaba en la cama, salí corriendo hacía el cuarto de mis padres.

Papá estaba muerto. Su cuello estaba abierto de un tajo, con la sangre chorreándole a borbotones, resbalando por la cama y cayendo al piso. Vi que la puerta del baño estaba cerrada, y justo frente a ella, había un hombre.

Un hombre… no me siento cómodo llamándolo de esa manera.

Era realmente gigantesco y andrajoso. Sus ojos giraron en dirección a mí y fue cuando por fin pude verlo con claridad. Nunca olvidaré esos grandes ojos redondos y llenos de lujuria. Tenía una barba descuidada, con sangre escurriendo de ella. Su ropa estaba sucia y su cara era fría. Cuando noté el mismo olor a sangre y sudor que había percibido antes, emanando directamente de él, me quedé abrumado.

Me vio e hizo una mueca con sus dientes torcidos y amarillos, esa sonrisa me desarmó. Pensé que iba a morir, pero se quedó parado en la puerta del baño, completamente indiferente hacia mi presencia. Estaba aterrado y no sabía qué hacer. Tan sólo lloré y grité, mientras lo veía forzar la puerta que servía como única defensa a mi madre. Levantó la afilada cuchilla que cargaba, y usándola de manera incorrecta, la apuñaló hasta que exhaló su último aliento.

Después oí algo, lo último que quería escuchar… era el grito de Emily, viniendo justo detrás de mí. La gigantesca monstruosidad dejó a mi madre en el piso y miró a mi hermanita. Yo estaba fuera de control. Él se levantó y caminó hacia nosotros. Mi hermana se dio la vuelta y echó a correr. El hombre pasó a mi lado, tratando de alcanzarla. ¿Por qué seguía ella en la casa? Aparentemente no había logrado entender la situación y que debía huir cuanto antes.

Corrí detrás de ambos, esperando que el hombre la matara como al resto de mi familia, pero por desgracia, estaba equivocado. Él la agarró por el brazo y la sacudió para dejar en claro que él tenía el control. La arrastró fuera de la casa, mientras yo hacía todo tipo de ruidos, con la esperanza de que alguien viniera en mi ayuda. No debía llevársela… no a ella.

Cuando pasó a mi lado, retrocedí hasta la pared y gemí con terror “¿Por qué?”

Él no respondió, sino que se limitó a poner una mano sobre mi cabeza y me dijo “Buen chico”. Hizo otra mueca, seguida de una risa fría y antinatural. Lo seguí hasta la puerta, mientras arrastraba a mi hermana -quien aún gritaba- consigo. Abrió la puerta y la azotó tras de él.

Ahora estoy solo en la casa, con mis padres adoptivos asesinados, temblando y lloriqueando desconsoladamente. Él está ahí afuera con ella, haciéndole ‘quién sabe qué’ cosas, y no puedo hacer nada al respecto. Saldría corriendo tras de él, y lo atraparía en un parpadeo, pero no puedo.

Estoy aquí sentado, mirando la puerta del frente. Bajo la mirada hacia mis patas. Si tan sólo pudiera abrir puertas…



viernes, 7 de febrero de 2014

Oscuridad



Todo empezó cuando me mudé a mi nueva casa. Sí, sé que ya lo has escuchado antes, pero créeme, eso fue lo que sucedió. Nunca había experimentado nada sobrenatural antes de eso, y la verdad nunca pensé que fuera a pasarme a mí.

Pude rentar esa casa porque era muy barata. No puse objeción alguna, pues la casa era vieja y no estaba en el mejor de los vecindarios, así que pensé que se trataba de un buen trato. Cuando me mudé, todo parecía ir bien al principio.

No recuerdo exactamente cuándo comenzó, porque me pareció un asunto menor en ese momento. Si dejaba una luz encendida en la cocina o el baño, al regresar la encontraba apagada. Pensé que simplemente olvidaba el haberlas apagado. Después de un tiempo, comencé a dudar y a dejar un par de luces encendidas a propósito. En ocasiones no ocurría nada, pero en otras, regresaba sólo para darme cuenta de que estaban apagadas.

Entonces me di cuenta de que algo estaba mal, no estaba asustado, pero sí confundido. Pensé que algo estaba mal con la instalación. Para comprobarlo, comencé a dejar cada vez más luces encendidas (esto se reflejó en mi recibo de luz) porque de este modo podría detectar más fácilmente cuál era el problema y por qué se apagaban aleatoriamente. Fue entonces cuando la situación dio un giro.

La primera vez que recuerdo haber presenciado algo realmente extraño fue cuando dejé las luces de la cocina y el baño encendidas antes de irme a dormir. Me despertó un ruidoso gruñido proveniente de la cocina. Recuerdo haber despertado, pensando que un animal se había metido a la casa. Eché un vistazo a través del pasillo hacia la sala y me di cuenta de que alguien había apagado la luz de la cocina. Se escuchó otro gruñido, esta vez en la sala y estuve a punto de gritar cuando vi algo grande cruzando el pasillo. La luz de la sala se apagó.

No podía describir la cosa que había cruzado el pasillo, parecía una sombra o algo así, la verdad es que no importaba, porque estaba cagado de miedo. Salí de la cama y encendí la luz de golpe, esperando que hubiera algo en la habitación, preparándose para saltar sobre mí.

Nada, no había nada en la habitación. Dejé escapar un suspiro y lentamente atravesé el pasillo en dirección a la sala. Cuando llegué al final del pasillo, prácticamente me abalancé sobre el interruptor de luz. Una vez más no encontré nada, y al repetir la operación en la cocina, el resultado fue el mismo.

Estaba empezando a pensar que lo había soñado todo y fui a apagar el interruptor de la cocina, pero me detuve. A pesar de ser un hombre adulto, estaba aterrado de tocar el apagador. Debo admitir que dormí con las luces encendidas esa noche.

Fue un grave error.

Al despertar, la mañana siguiente, todas las luces estaban apagadas de nuevo. Cuando intenté salir de la cama, sentí un dolor en todo el cuerpo. Jalé las sábanas, sólo para descubrir largas marcas rojas corriendo por mis piernas y brazos, parecía que algo me había rasguñado durante la noche.

Aquello me asustó a sobremanera, pero no tanto como cuando descubrí que todos los focos que había dejado encendidos la noche anterior estaban hechos pedazos.

Todas las lámparas estaban tiradas en el piso, con la bombilla destrozada. Me quedé sin aliento cuando miré alrededor. Algo nefasto había ocurrido allí, y por si fuera poco, algo había intentado hacerme… cosas durante la noche. Pedí el día en el trabajo y me dediqué a reemplazar todos los focos.

No sabía qué hacer, pensé en mudarme, pero –esto probablemente suene estúpido- esa era mi casa. Era la primera vez que vivía lejos de mi familia y además, era MI hogar. No podía darme por vencido, así que… me quedé.

Sobra decir que aquello se puso peor.

Aunque comenzaba a temerle a la oscuridad, no podía dormir con la luz de la habitación encendida. Comencé a dejar prendidos otros focos de la casa, como el del pasillo o el de la sala, permitiéndome ver perfectamente, aún en medio de la oscuridad de mi recámara. Y prácticamente, cada noche me despertaba el ruido de algo gruñendo y paseándose por la sala, apagando la luz inmediatamente después. No quería ir a mirar, estaba aterrado ante la idea de estar en el mismo cuarto con aquella cosa. Así que me enroscaba en la cama y rezaba para que aquello nunca entrara.

Una noche, después de un tiempo, me harté de la situación. Compré una pistola y encendí todas las luces de la casa. Me senté en medio de la sala, con el arma sobre mi regazo y un bat de baseball a mi lado. Esperé y esperé, no sucedió nada en un buen rato. Alrededor de las 2 de la madrugada, comencé a escucharlo… estaba detrás de mí. Me di la vuelta, en dirección a mi habitación, y a través del pasillo pude escuchar aquel familiar gruñido.

Tragué saliva y levanté la pistola con una mano, apretando fuertemente el bat con la otra, y lentamente caminé hacia el pasillo para tener una mejor vista de la recámara. Cuando por fin veía claramente mi cama, se escuchó un fuerte golpe, seguido de un gruñido no humano. Yo, como el hombre valiente que era, di un salto hacia atrás y me alejé del pasillo.

Quería terminar con todo eso, pero ¡demonios!, ¡no quería tener que lidiar con esa cosa! Podía oírlo tirando y golpeando cosas, y aún no sé cómo logré percibirlo, pero entre el ruido escuché un leve “click”. Y después todo quedó en silencio. Me asomé al pasillo para comprobar que la luz se había apagado de nuevo. Tomé aire y me lancé a la aventura con mis armas listas.

Cuando llegué a la habitación y encendí la luz de nuevo, me quedé sin aliento. Mi cama estaba destrozada, completamente deshecha. Era como si un animal hubiera saltado sobre ella hasta romperla en pedazos. Avancé hacia la cama para ver mejor lo que había quedado de ella y me quedé en shock por ‘dios sabe cuánto tiempo’. No fue hasta que escuché el familiar gruñido que me di la vuelta. Parado junto a la puerta, justo al lado del interruptor de luz, estaba él.

Era un hombre: un hombre blanco pudriéndose y con el cuerpo mutilado -que parecía haber sido el juguete favorito de un perro- observándome detenidamente. Estaba demasiado asustado como para levantar mis armas. Me miró por un momento y luego apagó la luz. Grité, y ni siquiera me avergüenza admitirlo, grité y perdí la razón. Corrí hacia la puerta, justo por donde aquella cosa había estado parada, agitando el bat como un demente.

Casi hago un agujero en la pared, tratando de volver al pasillo. Me di la vuelta justo a tiempo para ver cómo apagaba también la luz del pasillo. En ese momento, ya no quería pelear, quería estar a salvo. Atravesé corriendo la sala, hacía la luz encendida de la cocina.

Escuché el sonido de la cosa gruñendo y arañando hacía donde yo estaba. Giré la cabeza, sólo para ver una vez más al cadáver podrido y mutilado del hombre, apagar la luz con su dedo roto. Salí corriendo hacia la sala.

Aquel iba a ser el encuentro definitivo, tendría que pelear. Me paré junto a la lámpara de pie, que consistía mi última línea de defensa. Odiaba la oscuridad, así que me quedé allí parado, al lado de aquella reconfortante lámpara. Esperé a que el hombre la apagara, pero no lo hizo. Todo quedó en calma. Volteé en dirección a la gracia salvadora de la lámpara que se resistió a ceder. Comencé a reír a carcajadas, era una risa loca pero VIVA. Pensé que todo iba a estar bien, di un paso al frente y casi la abrazo… hasta que lo vi.

Escuché el gruñido no atrás, sino justo enfrente de mí. ¡Saliendo de esa lámpara! Mis ojos se abrieron de par en par mientras contemplaba la intensa luz de la lámpara. Tropecé hacia atrás y no recuerdo qué sucedió después. Sólo puedo recordar que estaba tirado de espaldas mirando fijamente aquella brillante luz. Ya no era reconfortante, sino caliente, pesada y sobre todo, brillante. Pensé que iba a quemarme por completo… y entonces regresó.


No tengo palabras para describir aquello que emanaba de la luz de la lámpara. Era horrible, retorcido y estaba lleno de ira. Sé que nunca olvidaré esos ojos brillantes, calientes y blancos… dos círculos irradiando pura maldad. Aquello me odiaba, odiaba todo sobre mí. No sólo a mí, sino a todos nosotros, a toda la raza humana. Pero estaba allí atrapado, y arremetería contra el primero que se le pusiera en frente, o sea yo. Aún no sé como lo supe, pero lo sabía. Me preparé a mismo para una muerte lenta.

¡Click!

La luz se fue. Una vez más todo quedó a oscuras. Dulce, silenciosa y relajante oscuridad. Me quedé en el suelo por un momento, dejando que mis ojos se ajustaran a la penumbra. Seguía mirando fijamente a la lámpara, y mientras pasaban los segundos, comencé recobrar el sentido. El hombre mutilado estaba parado junto a la lámpara, con una mano rota colgada del switch, mirándome detenidamente.

Entonces lo entendí, entendí todo lo que aquello significaba, todo lo que había pasado. El hombre retiró su mano de la lámpara y apuntando su dedo descarnado hacia ella, sacudió su cabeza de lado a lado. Todo lo que pude hacer en respuesta fue asentir con la cabeza.

No estaba tratando de lastimarme, todo este tiempo, había estado tratando de protegerme. Esa criatura sólo podía venir a través de la luz, y este hombre mutilado sólo había querido mantenerme a salvo. Él no quería que nadie repitiera sus mismos errores.

Al día siguiente me mudé y nunca volví a la casa. Lo que sea que fuera, estaba confinado a aquél inmueble, y hasta donde sé, no he vuelvo a ver ningún ente salir de cualquier otra fuente de luz. De todos modos, esa cosa siempre estará atada a mis recuerdos. 

Cada noche, en mi nuevo departamento, tengo el hábito de caminar por la casa, asegurándome de que todas las luces estén apagadas y que todas las cortinas estén cerradas. Y es sólo hasta entonces, que puedo sumirme en mi silenciosa, reconfortante y segura oscuridad.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La mochila rosa



Un día, cuando regresaba del trabajo, noté un pequeño bulto rosa tirado en el césped a un lado de la escalera de entrada del edificio donde vivía. Al acercarme para ver mejor el objeto, noté que se trataba de una pequeña mochila rosa que seguramente debía pertenecer a una niña. Lo extraño era que en el edificio no había niños, pues la renta era costosa y la portera tenía reglas estrictas acerca del ruido y la limpieza.

Me venció la curiosidad y recogí la mochila, decidí llevarla a mi departamento para poder ver si en su interior había alguna pista que pudiera llevarme a su propietario. En la mochila había tan sólo crayones, lápices y un montón de hojas sueltas. Parecía tratarse de un diario, elaborado con grandes letras y dibujos infantiles. Al mirar los dibujos con detenimiento, me llevé una inquietante sorpresa, pero lo que el texto describía era mucho más perturbador*:



1. Esta es Lisa. Es mi amiga. Mi mami y mi papi no la ven, por eso dicen que es mi amiga imaginaria. Lisa es una buena amiga.


2. Hoy traté de plantar una flor en el patio. La iba a plantar junto a la caja de arena, pero Lisa dijo que es donde su papi está durmiendo, por eso mejor la puse en una maceta con tierra.


3. Lisa vino a la escuela conmigo hoy. La traje para una exposición, pero la miss Monroe se enojó porque no podía verla. Lisa se puso triste y por eso escondió el borrador de la miss.


4. Ayer fue mi cumpleaños. Mi mami compró pizza pero no vino nadie. Lisa dice que la gente llegó a la puerta y se fue. Pero dejaron regalos. Me dieron 3 barbies, unos zapatos y cinco dólares. Yo y Lisa jugamos barbies.


5. La miss Monroe no vino hoy y llegó una sustituta que se llama miss Digman. Ella es bonita y amable, y nos deja comer el lunch antes de la hora del recreo. Quiero que la miss Digman sea nuestra nueva maestra.


6. Hoy Jonnathin Parker se robó mi lapicera. La miss Digman no la pudo encontrar, así que lo hizo darme la suya. Lisa vino a la escuela hoy también, pero la Miss Digman no la puede ver. Ella dice que cree que Lisa es real.


7. Ayer, yo y Lisa caminamos mucho, hasta que salió la luna. Mi papi se enojó y dijo que Lisa es estúpida y falsa, y luego ella desapareció. Hoy Lisa no vino a la escuela, pero la miss Digman dice que la miss Monroe no va a volver.


8. Mi papi se quedó a trabajar todo el día. No llegó a comer. Hoy él sigue trabajando. Hoy mi mami me puso un flan de lunch. El flan es mi favorito.


9. Extraño a Lisa, papi está muy ocupado trabajando y no vino a la casa en toda la semana. Mi mami está muy enojada con él. Le quiero escribir una carta a Lisa.


10. Querida Lisa. Te extraño. Por favor regresa. Disculpa a mi papi por ser grosero. Tú eres mi mejor amiga.



11. Lisa regresó ayer. Ella me pidió disculpas por irse y me dijo que mi papi ya no va a regresar del trabajo. Lisa dice que él y la miss Monroe están durmiendo como su papá. Espero que despierten pronto.

*Transcripción y traducción aproximada del diario encontrado dentro de la mochila.


Ickbarr Bigelsteine

Cuando era niño, me aterraba la oscuridad. Aún hoy me provoca escalofríos, pero cuando tenía seis años, no había una sola noche en que no llamara a mis padres llorando, sólo para buscar al monstruo que se ocultaba bajo la cama o dentro del clóset, esperando la ocasión para devorarme.

Incluso con una lámpara de noche, veía formas oscuras moviéndose por las esquinas de la habitación o caras extrañas mirándome desde la ventana. Mis padres hacían lo posible para consolarme, diciéndome que eran sólo pesadillas o efectos raros que producía la luz, pero mi mente infantil creía que en el momento en que me quedara dormido, las cosas malvadas me atraparían.

La mayor parte del tiempo, simplemente me escondía bajo las cobijas y esperaba que el cansancio me venciera. Pero indudablemente perdía el control y corría gritando al cuarto de mis padres, despertando a mis hermanos en el proceso. Después de un episodio de esos, no había manera de que alguien pudiera volver a dormir en toda la noche.

Finalmente, después de una noche particularmente traumatizante, mis padres decidieron que ya habían tenido demasiado. Desafortunadamente para ellos, era inútil discutir con un niño de seis  años y terminaron por entender que no podrían ayudarme a superar mis temores infantiles a través de la razón y la lógica. Por eso tuvieron que manejarlo con astucia.

Mi madre tuvo la idea de confeccionarme un compañero para la hora de dormir.

Ella recolectó todo tipo de retazos de tela y con ayuda de su máquina de coser, creó lo que después llamaríamos Ickbarr Bigelsteine (se pronuncia “ícbar bíguelstain”) o Ick para abreviar. Ick era un monstruo de calcetines, según mi madre, y estaba hecho para mantenerme a salvo mientras dormía, asustando a los otros monstruos.

Honestamente, aún hoy me sigue impresionando el hecho de que mi madre pudiera idear algo tan extraño y darle una apariencia tan inquietante. Ickbarr tenía el aspecto de la mezcla entre un gremlin y Frankenstein, con grandes ojos de botón y orejas de gato caídas. Sus bracitos y piernitas estaban hechos de un par de calcetines con franjas blancas y negras que pertenecieron a mi hermana, y la mitad verde de su cara era en realidad una calceta de soccer de mi hermano. Su cabeza podría describirse como bulbosa, y para hacer su boca, mi madre había cosido un pedazo de tela blanca y sobre él había dibujado un patrón en zigzag, formando una amplia sonrisa con colmillos afilados. Lo amé en cuanto lo vi.



Desde entonces, Ick nunca se apartó de mi lado; después del atardecer, por supuesto, ya que a Ick no le gustaba el sol y se hubiera molestado de haber tratado de llevarlo conmigo a la escuela. Pero eso estaba bien, pues sólo lo necesitaba en la noche para alejar al coco. Así que cada noche, al llegar la hora de dormir, Ick me decía dónde se escondían los monstruos y así podía colocarlo en la sección de mi cuarto más cercana a los espantos.

Si había algo en el clóset, Ick bloqueaba la puerta; si había una criatura arañando la ventana, Ick estaría recargado en el cristal; si había una gran bestia peluda bajo la cama, entonces iba a dar bajo la cama. A veces los monstruos ni siquiera estaban en mi habitación, se escondían en mis sueños e Ickbarr tenía que acompañarme en mis pesadillas.

Era divertido llevar a Ick a mis sueños porque así podía pasar horas combatiendo espíritus y demonios. La mejor parte era que, en mis sueños, Ick podía hablarme de verdad.

Él me preguntaba — ¿Cuánto me quieres? – y yo siempre le respondía –Más que a nada en el mundo.

Una noche en un sueño, después de perder mi primer diente, Ick me pidió un favor.

     ¿Puedes darme tu diente?
     ¿Por qué?
     Para ayudarme a matar las cosas malas

A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi madre preguntó a dónde se había ido mi diente. Según me dijo, el ratón de los dientes no pudo encontrarlo bajo mi almohada. Cuando le dije que se lo había dado a Ickbarr, ella sólo se encogió de hombros y regresó a la cocina para darle de comer a mi hermanita. Desde entonces, cada vez que perdía un diente, se lo daba a Ick. Él siempre me lo agradecía, por supuesto, y me decía cuánto me quería.

Como era de esperarse, me quedé sin dientes de leche y me volví demasiado viejo para seguir jugando con muñecos. Así que Ick sólo se sentó en mi librero y fue acumulando polvo a medida que se desvanecía mi interés por él.

Sin embargo, con el tiempo, las pesadillas se volvieron peores que nunca. Eran tan terribles que comenzaban a seguirme al mundo real, volviendo terrorífica cada esquina oscura y cada ruido en los arbustos. Después de una noche particularmente mala, regresé en bicicleta de la casa de un amigo, mientras juraba que me perseguía una jauría de perros rabiosos, sólo para encontrar algo extraño esperándome en mi habitación. Allí, parado sobre mi cama, iluminado por la luz de la luna, estaba Ickbarr. Al principio, pensé que mis ojos me estaban engañando, como lo habían estado haciendo toda la noche, así que traté de encender la luz. Activé el interruptor una y otra vez, pero la oscuridad seguía allí. Fue entonces cuando comencé a ponerme nervioso.

Retrocedí lentamente hasta la puerta que estaba detrás de mí, mis ojos nunca dejaron de mirar la silueta de Ick, mi mano trataba de encontrar desesperadamente el pomo de la puerta. Estaba a punto de largarme de allí, cuando escuché la puerta cerrarse de golpe, dejándome en la oscuridad. En medio del silencio y las sombras, me quedé petrificado, sin siquiera poder respirar. No puedo decir por cuánto tiempo, pero después de lo que me pareció una vida de terror frío, escuché la estridente y familiar voz.

—Dejaste de alimentarme, así que ¿por qué debería protegerte?
— ¿Protegerme de qué?
—Déjame mostrarte.

En un parpadeo, todo había cambiado. Ya no estaba en mi habitación, estaba en algún otro lugar. No era el infierno, pero la comparación no estaba tan alejada. Era algún tipo de bosque, un lugar horrible y pesadillesco donde partes de fetos abortados colgaban de los árboles y el suelo estaba plagado de insectos carnívoros. Una ráfaga de densa niebla llenó el lugar y con ella, un olor a carne podrida, al tiempo que luces de bengala iluminaban el cielo nocturno. A la distancia, podía escuchar los gritos agonizantes de algo que no era exactamente humano. Mi cabeza palpitaba como si fuera a explotar y el dolor me hizo derramar un río de lágrimas. En mi mente, escuchaba de nuevo su voz.

—Esto es en lo que tu realidad se convertiría sin mí.
—Sentí cómo la tierra se sacudía y escuché pisadas aproximarse rápidamente.
—Soy el único que puede detenerlo.

Ahora estaba detrás de mí, sentí un gigantesco y enojado aliento que me quemó la espalda.

—Dime qué tengo que hacer y lo haré.

Desperté antes de poder darme vuelta.

Al siguiente día, registré el clóset de mis padres, encontré los dientes de leche de mi hermano y se los entregué a Ickbarr. Casi de inmediato los terrores cesaron y pude seguir, más o menos, con mi vida normal. De vez en cuando, tuve que entrar a escondidas en la habitación de mi hermanita y robar lo que debía ser para el ratón de los dientes, otras veces tuve que estrangular alguno de los gatos de mis vecinos y extraer sus puntiagudos incisivos.

Hacía cualquier cosa por mantener alejadas a las visiones, robaba desde un collar de diente de tiburón hasta un premolar cariado. También comencé a notar que Ick se movía por toda mi habitación cada vez que lo dejaba solo, cambiando mis cosas de lugar y poniendo cortinas extra. Cada vez parecía más vivo, sus dientes relucían y su tacto era cálido. Por mucho que me atemorizara, no tuve el coraje para destruirlo, sabiendo perfectamente a dónde me enviaría eso. Así que seguí recolectando dientes para Ick durante toda mi etapa de bachillerato y universidad. Aprendí a temer a más cosas a media que me hacía mayor, y por consiguiente, tenía que darle más dientes a Ick para que me protegiera.

Ahora tengo 22 años, un trabajo decente, mi propio departamento y una dentadura postiza. Ha pasado casi un mes desde la última vez que Ick comió y los horrores están empezando a rodearme de nuevo. Tomé una desviación al salir del trabajo y encontré a un hombre teniendo problemas con las llaves de su auto. Sus dientes estaban amarillos por toda una vida de cigarrillos y café, pero aún así, tuve que usar un martillo para sacarle las muelas.

Cuando regresé a mi departamento, él me estaba esperando en la esquina del techo, con sus ojos blancos y su boca llena de cuchillas.

— ¿Cuánto me quieres? —me pregunta
—Más que a nada en el mundo— respondo, mientras me quito el abrigo.
—Más que a nada en el mundo.


martes, 6 de agosto de 2013

El Tulpa



El año pasado, participé durante seis meses en algo que me dijeron era un experimento psicológico. Encontré un anuncio en el periódico local donde solicitaban personas con imaginación que estuvieran dispuestas a ganar una buena suma de dinero, y como era el único anuncio de esa semana para el que estaba remotamente calificado, les llamé y concerté una entrevista.

Me dijeron que todo lo que tenía  que hacer era quedarme en una habitación, solo, con sensores conectados a mi cabeza para leer mi actividad cerebral, y que mientras estuviera allí, podría visualizar un doble de mí mismo. Lo llamaban mi “tulpa”.

Parecía demasiado fácil y acepté en cuanto me dijeron cuánto me pagarían, así que comencé al día siguiente. Me llevaron a una habitación sencilla y me dieron una cama, luego pusieron los sensores en mi cabeza y los conectaron a una pequeña caja negra que estaba en una mesa junto a mí. Me hablaron de nuevo sobre el proceso de visualizar a mi doble y me explicaron que si me mostraba aburrido o inquieto, en vez de moverme por la habitación, debería visualizar a mi doble moviéndose por el cuarto o tratando de interactuar conmigo y cosas así. La idea era mantenerlo todo el tiempo conmigo mientras estaba en la habitación.

Tuve problemas con eso los primeros días, necesitaba mucho más control que cualquier tipo de fantasía que hubiera tenido antes. Podía imaginarme a mi doble por unos minutos y luego me distraía, pero al cuarto día,  pude materializarlo por seis horas enteras. Me dijeron que lo estaba haciendo muy bien.

La segunda semana me dieron un cuarto distinto, con bocinas montadas en las paredes. Me dijeron que lo que querían ver era si podía mantener al tulpa conmigo a pesar de los estímulos distractores. La música era tan disonante, fea e inquietante que hizo el proceso mucho más difícil, sin embargo, logré manejarlo sin problemas. A la semana siguiente tocaron música mucho más desesperante, acentuada con chillidos y bucles de ruido que me recordaron a un viejo módem conectándose, así como voces guturales hablando en algún idioma extranjero. Sólo me reí de la prueba, pues ya era un experto para ese entonces.

Después de un mes aproximadamente, me empecé a aburrir. Para animar un poco las cosas, comencé a interactuar con mi doppleganger. Conversábamos o jugábamos ‘piedra, papel o tijera’, o lo imaginaba haciendo malabares o bailando break dance, o lo que me diera la gana. Pregunté a los investigadores si mis tonterías podrían afectar negativamente a su estudio, pero ellos me animaron a seguir a delante.

Así que jugamos, nos comunicamos y fue divertido por un tiempo, pero luego se puso un poco raro. Le hablaba sobre mi primera cita, cuando él me corrigió. Le había dicho que la chica estaba usando un top amarillo y él contestó que era verde. Lo pensé por un segundo y me di cuenta de que tenía razón. Eso me asustó y le conté a los investigadores sobre el incidente. “Estás usando la forma difícil de acceder a tu subconsciente” me explicaron. “De algún modo sabías que estabas equivocado y subconscientemente te corregiste a ti mismo”.

Lo que había sido espeluznante de repente se volvió genial. ¡Estaba hablándole a mi subconsciente! Me tomó algo de práctica, pero descubrí que podía hacerle preguntas a mi tulpa sobre todo tipo de recuerdos. Podía hacerlo recitar de memoria páginas completas de libros que leí muchos años atrás o cosas que había pensado e inmediatamente olvidado en la preparatoria. Era asombroso.

Fue en ese momento que empecé a “convocar” a mi doble fuera del centro de investigación. Al principio no tan a menudo, pero estaba tan acostumbrado a visualizarlo que me parecía extraño no tenerlo a mi lado. Así que cuando estaba aburrido, podía ver a mi doble y esto comenzaba a suceder cada vez con más frecuencia. Era sorprendente llevarlo por ahí como si fuera un amigo imaginario,  cuando salía con mis amigos o visitaba a mi madre, incluso una vez lo llevé a una cita. No necesitaba hablarle en voz alta, así que podía comunicarme con él sin que nadie se diera cuenta.

Sé que puede sonar extraño, pero era divertido. No sólo era un depósito de todo lo que sabía y todo lo que había olvidado, sino que parecía estar más en contacto conmigo de lo que yo mismo estaba algunas veces. Él tenía una comprensión extraordinaria del leguaje corporal, por ejemplo, yo pensaba que la cita a la que lo había llevado estaba saliendo bastante mal, pero él mencionó lo mucho que la chica se había reído de mis chistes y se inclinaba hacia mí cuando hablaba, así como un montón de pistas sutiles que no era consciente de haber captado. Le hice caso y digamos que la cita terminó bastante bien.

En ese momento, llevaba cuatro meses en el centro de investigación y él estaba conmigo constantemente. Los investigadores se acercaron un día después de mi cambio radical y me preguntaron si había dejado de visualizarlo. Lo negué y ellos parecían complacidos. Pregunté en silencio a mi doble si él sabía lo que había disparado aquella pregunta, pero el sólo se rió… y yo también.

Me desconecté un poco del mundo en ese momento. Tenía problemas para relacionarme con la gente, me parecían demasiado confusos e inseguros de sí mismos, mientras yo tenía una manifestación de mi persona en la que podía confiar. Eso hizo que la socialización se volviera vergonzosa. Nadie más parecía estar al tanto de las razones detrás de sus actos, por qué algunas cosas los hacían enojar y otras los hacían reír. No sabían qué los movía, pero yo sí, o al menos, podía preguntármelo a mí mismo y obtener una respuesta.

Un amigo me confrontó una tarde, golpeó la puerta hasta que la abrí y entró echando pestes y haciendo juramentos. “¡No has contestado ni una sola de mis llamadas en semanas, imbécil!” me gritó. “¿Cuál es tu puto problema?”.

Estaba a punto de disculparme con él y probablemente invitarlo a irnos de juerga esa noche, pero mi tulpa saltó de repente, furioso. “Golpéalo”, me dijo, y antes de que supiera lo que estaba haciendo, ya había soltado el golpe. Escuché cómo se rompió su nariz, él cayó al piso y se levantó tambaleándose. Nos golpeamos el uno al otro por todo mi apartamento.

Estaba más furioso de lo que había estado en toda mi vida y no tuve piedad. Pude noquearlo y le di dos patadas salvajes en las costillas, y fue entonces cuando huyó, encorvándose y sollozando.

La policía llegó unos minutos más tarde, pero les dije que él había comenzado la pelea, y como no estaba allí para refutarme, me dejaron ir bajo advertencia. Mi tulpa sonreía todo el tiempo y pasamos toda la noche jactándonos de mi victoria y haciendo burla de la forma en que le había dado una paliza a mi amigo.

No fue hasta la mañana siguiente, cuando revisaba en el espejo mi ojo morado y el corte en el labio cuando recordé lo que me había hecho explotar.  Mi doble era el que estaba furioso, no yo. Me habría sentido culpable y un poco avergonzado, pero él me sonsacó para iniciar una pelea con un amigo preocupado. Él estaba presente, por supuesto, y conocía mis pensamientos. “Ya no lo necesitas, tú no necesitas a nadie”, me dijo, y sentí cómo mi piel comenzaba a estremecerse.

Le expliqué esto a los investigadores que me contrataron, pero ellos sólo se rieron. “No puedes estar asustado de algo que estás imaginando”, me dijo uno de ellos. Mi doble se paró junto a él y asintió con la cabeza, luego me sonrió.

Traté de creerme sus palabras, pero los días siguientes, me puse cada vez más ansioso con respecto a mi tulpa y él parecía estar cambiando también. Se veía más alto y más amenazante, sus ojos chispeaban con malicia y veía maldad en su sonrisa constante. Decidí que ningún trabajo valía tanto como para perder la cabeza. Si él estaba fuera de control, lo iba a calmar. Estaba tan acostumbrado a él que visualizarlo era ya un proceso automático, así que intenté deshacerme de él de una vez por todas. Me tomó algunos días, pero estaba comenzando a funcionar, podía olvidarlo por horas, pero cada vez que volvía se veía peor. Su piel se volvió ceniza, sus dientes más puntiagudos, siseaba, amenazaba y juraba. La música disonante que había escuchado por meses parecía acompañarlo a todas partes, incluso cuando estaba en casa. Intentaba relajarme y olvidar que estaba concentrándome en no verlo, cuando aparecía él con ese ruido aullante.

Seguía visitando el centro de investigación y pasaba mis seis horas allí. Necesitaba el dinero y pensé que no se darían cuenta de que no estaba visualizando a mi tulpa activamente. Me equivoqué, después de alrededor de cinco meses y  medio, dos hombres me agarraron sorpresivamente y me arrastraron, mientras alguien en bata de laboratorio clavaba una aguja hipodérmica en mi brazo.




Desperté de mi desmayo de nuevo en el cuarto, atado a la cama, con la música estruendosa en mis oídos y mi doppelganger parado sobre mí, cacareando. Ya no se veía como un ser humano, sus facciones estaban torcidas y sus ojos estaban hundidos en sus cuencas, como los de un cadáver. Era mucho más alto que yo, pero encorvado, sus manos estaban retorcidas y las uñas parecían garras. Yo estaba, en pocas palabras, cagándome de miedo. Traté de alejarlo, pero no podía concentrarme. Él se rió y golpeó ligeramente la intravenosa en mi brazo. Traté de liberarme de las correas, pero estas no se movieron.

“Creo que te están bombeando mercancía de la buena. ¿Cómo está tu cabeza? ¿Toda revuelta?” Se acercaba a mí mientras hablaba. Sentí náuseas, su aliento olía a carne podrida. Traté de concentrarme, pero no pude desvanecerlo.

Las siguientes semanas fueron terribles. De vez en cuando, un doctor venía y me inyectaba o me obligaba a tomar píldoras. Me mantenían mareado y desenfocado, e incluso me dejaban alucinando. Mi doble seguía presente, burlándose constantemente, interactuando con, o quizá causando mis alucinaciones. Soñaba que mi madre estaba allí, regañándome, y luego el tulpa le cortaba cuello y su sangre me bañaba. Era tan real que podía saborearla.

Los doctores nunca hablaron conmigo. Les rogué, grité, lancé indirectas, hice preguntas. Nunca me respondieron. Quizás habían hablado con mi tulpa, mi monstruo personal, no estaba seguro pues estaba tan drogado y confundido que podía haber sido tan sólo otra ilusión, pero recuerdo haber hablado con ellos. Me empecé a convencer de que él era el real y yo la copia. Él me lo repetía a veces y otras sólo se burlaba de mí.

Otra cosa que deseaba con todas mis fuerzas que fuera tan sólo una alucinación era que él podía tocarme. Más que eso, podía lastimarme. Me picaba con el dedo y me pellizcaba si sentía que no le prestaba suficiente atención. Una vez apretó mis testículos y los apachurró hasta que le dije que lo amaba. En otra ocasión, rasgó mi antebrazo con sus garras, aún tengo la cicatriz. Casi todos los días me convenzo de que me lastimé a mí mismo y que sólo aluciné con que él era el responsable… casi todos.

Unos días después, mientras me contaba una historia acerca de cómo iba a descuartizar a todos mis seres queridos, empezando por mi hermana, cuando se detuvo bruscamente. Una mirada quejumbrosa cruzó su rostro y tocó mi cabeza con la mano, como mi madre lo hacía cuando tenía fiebre. Se quedó quieto un instante y luego sonrió. “Todos los pensamientos son creativos” me dijo, y salió por la puerta.

Tres horas más tarde, me pusieron una inyección y me desmayé. Desperté sin las correas, temblando, llegué a la puerta y la encontré abierta. Caminé hacia el pasillo vacío y luego corrí. Tropecé más de una vez, pero logré bajar las escaleras y salir al estacionamiento del edificio. Allí me colapsé, llorando como un niño. Debía seguir mi camino, pero simplemente no podía hacerlo.

Eventualmente llegué a casa, aunque no recuerdo cómo. Cerré la puerta y empujé un ropero contra ella, tomé una larga ducha y dormí por un día y medio. Nadie vino a buscarme en la noche ni al día siguiente, o el siguiente. Había terminado y pasé una semana encerrado en esa habitación, aunque me pareció un siglo. Me había aislado tanto de mi vida anterior al tulpa que nadie notó que me había ido.

La policía no encontró nada. El centro de investigación estaba vacío cuando lo registraron, el papeleo no tenía sentido y los nombres eran seudónimos. Incluso el dinero que recibía era aparentemente irrastreable.

Me recuperé tanto como pude. No salgo mucho de mi casa y tengo ataques de pánico cuando lo hago. Lloro mucho, pero no duermo mucho y mis pesadillas son terribles. ‘Se terminó’ me digo a diario… y sobreviví, uso la concentración que esos bastardos me enseñaron para convencerme. Y funciona… a veces. Pero creo que hoy no. Hace tres días recibí una llamada de mi madre, había ocurrido una tragedia. Mi hermana había sido la última víctima de una serie de asesinatos, según la policía. El responsable atacaba a sus víctimas y luego las destazaba.

El funeral fue esta tarde. Supongo que fue un servicio tan adorable como puede serlo un funeral. Creo que estaba un poco distraído, pues todo lo que podía escuchar era música viniendo de un lugar distante. Era disonante y terrorífica, que sonaba como vibraciones y gritos… y un módem conectándose. Aún la sigo escuchando, ahora un poco más fuerte.


miércoles, 15 de mayo de 2013

Señor Bocón


Durante mi infancia, mi familia era como una gota de agua en un río inmenso, nunca permanecía demasiado tiempo en el mismo lugar. Llegamos a Rhode Island cuando tenía ocho años y permanecimos allí hasta que me fui a la universidad en Colorado Springs. La mayoría de mis recuerdos están arraigados en Rhode Island, pero hay algunos fragmentos en el sótano de mi cerebro que pertenecen a los muchos lugares donde vivimos cuando era más pequeño.

Muchos de esos recuerdos son borrosos y disparatados (en uno persigo a otro niño en el jardín de una casa en North Carolina, en otro trato de de construir una balsa para cruzar el arroyo cerca de un apartamento que rentábamos en Pennsylvania, y muchos más). Pero hay uno en especial que permanece tan claro como el agua, como si hubiera sido ayer. A veces pienso que esos recuerdos son simples alucinaciones provocadas por la larga convalecencia que experimenté esa primavera, pero mi corazón sabe que son reales.

Vivíamos en una casa a las afueras de la ajetreada metrópolis de New Vineyard, una ciudad de Maine con una población de 634 habitantes. Era un gran edificio, especialmente para una familia de tres. Hubo algunas habitaciones que nunca llegué a ver durante los cinco meses que vivimos allí. En cierto modo, era un desperdicio de espacio, pero era la única casa disponible de la zona que estaba a menos de una hora de camino del trabajo de mi padre.

Un día antes de mi cumpleaños número cinco (al cual sólo iban a asistir mis padres) caí enfermo de fiebre. El doctor me diagnosticó Mononucleosis, lo cual significaba mucha fiebre y nada de jugar afuera durante al menos tres semanas. Era horrible estar postrado en la cama con mi cuarto vacío y todas mis cosas empacadas en cajas. Estábamos en proceso de mudarnos a Pennsylvania y mis padres habían comenzado a empacar todo. Mi mamá me llevaba Ginger Ale* y varios libros al día, que constituirían mi única forma de entretenimiento durante las siguientes semanas. El aburrimiento estaba a la vuelta de la esquina, esperando asomar su fea cabezota y agravar mi desolación.

No recuerdo exactamente cómo conocí al Señor Bocón. Creo que fue una semana después de haber sido diagnosticado con Mono. Lo primero que recuerdo de la pequeña criatura fue que le pregunté si tenía un nombre. Me dijo que lo llamara Señor Bocón, porque su boca era enorme, de hecho, todo en él era enorme en comparación con su cuerpo (su cabeza, sus ojos y sus torcidas orejas) pero su boca se llevaba el premio.
-Te pareces mucho a un Furby-  le dije mientras él hojeaba uno de mis libros.

El Señor Bocón cerró el libro me miró.  –¿Furby? ¿Qué es un Furby?- me preguntó.
-Ya sabes… el juguete. El robotcito con las orejotas. Puedes acariciarlo y alimentarlo, casi como a una mascota de verdad- le dije alzando los hombros.

-¡Oh!- El Señor Bocón siguió pasando las hojas. –Tú no necesitas uno de esos. No son como tener un amigo de verdad.-

Recuerdo que el Señor Bocón desaparecía cada vez que mi mamá iba a verme. -Me escondo bajo tu cama- me explicó después. –No quiero que tus papás me vean porque tengo miedo de que no nos dejen jugar nunca más.-

No hicimos mucho durante algunos días. El Señor Bocón veía mis libros, fascinado por las historias y las imágenes que contenían. La tercera o cuarta mañana después de conocerlo, me agradeció con una gran sonrisa en su cara. –Tengo un juego nuevo que podemos jugar- dijo –Debemos esperar hasta que tu mamá venga a revisarte y se vaya, porque no puede vernos jugar. Es un juego secreto.-

Una vez que mi mamá dejó más libros y refresco a la hora de siempre, el Señor Bocón se deslizo por debajo de la cama y tomó mi mano. –Tenemos que ir al cuarto que está al final de este pasillo- dijo. Al principio me negué, porque mis padres me habían negado salir de mi habitación sin permiso, pero el Señor Bocón insistió hasta que cedí.

El cuarto en cuestión no tenía muebles ni pintura. La única característica distinguible era una ventana justo frente a la puerta. El Señor Bocón cruzó la habitación y le dio a la venta un fuerte empujón para abrirla. Luego me llamó y me dijo que me asomara para ver el terreno que estaba debajo.

Estábamos en la segunda planta de la casa, pero como ésta estaba construida sobre una colina, desde ese ángulo la caída se veía mucho más pronunciada. –Cuando me paro aquí- explicó el Señor Bocón –me gusta imaginar que hay un gran trampolín bajo la ventana… y salto. Si lo imaginas con todas tus fuerzas puedes rebotar hasta acá y caer como una pluma. Quiero que lo intentes.-

Yo era tan sólo un niño de cinco años con fiebre, así que sólo una pizca de escepticismo cruzó por mi mente cuando miré hacia abajo y consideré la posibilidad. –Está muy alto- le dije.

-Pero esa es la parte divertida. No sería divertido si fuera una caída corta. Para eso podrías brincar en un trampolín común y corriente.-

Jugué con la idea, me vi a mi mismo en caída libre y rebotando hacía la habitación de nuevo a través de la ventana, algo nunca antes visto por el ojo humano. Pero la parte realista (y enferma) de mí prevaleció. –Creo que mejor en otra ocasión- le dije –no sé si pueda imaginarlo con suficiente fuerza, podría lastimarme.-
La cara del Señor Bocón se contorsionó, pero sólo por un momento. La furia dio paso a la decepción –Si tú lo dices- me contestó. Pasó el resto del día bajo mi cama, tan callado como un ratón.

A la mañana siguiente, el Señor Bocón llegó sosteniendo una cajita. –Quiero enseñarte a hacer malabares- dijo –Aquí hay algunas cosas que puedes usar para practicar, antes de que te enseñe cómo hacerlo.-
Eché una mirada a la caja, estaba llena de cuchillos. – ¡Mis padres me matarán!- le dije muy asustado, pues el Señor Bocón había llevado cuchillos a mi habitación (objetos que mis padres nunca me permitirían tocar). – ¡Me van a golpear o peor, a castigar por un año!-

El Señor Bocón frunció el ceño. –Es divertido jugar con ellos, quiero que lo intentes.-

Hice la caja a un lado. –No puedo, me meteré en problemas, los cuchillos no son para lanzarlos al aire.-

El Señor Bocón frunció el ceño tanto como pudo. Tomó la caja de cuchillos y se metió bajo mi cama, quedándose allí el resto del día. Me comenzaba a preguntar cuánto tiempo pasaría debajo de mí.




Comencé a tener problemas para dormir después de eso. El Señor Bocón me despertaba a la mitad de la noche diciendo que había puesto un trampolín de verdad bajo la ventana, uno tan grande que era imposible verlo en la oscuridad. Siempre lo rechazaba e intentaba volverme a dormir, pero el Señor Bocón seguía insistiendo. Algunas veces se quedaba parado junto a mi cama hasta que amanecía, presionándome para que saltara.

Ya no era divertido jugar con él. Una mañana, mi mamá me dio permiso de jugar afuera. Dijo que un poco de aire fresco me haría bien, especialmente después de permanecer encerrado en mi habitación tanto tiempo. Muy emocionado, me puse los tenis y troté hasta el pórtico, bostezando mientras sentía el sol en mi cara.

El Señor Bocón me estaba esperando. –Tengo algo que quiero enseñarte- me dijo. Debí haber tenido una expresión de rechazo, porque se apresuró a decir – Es seguro, lo prometo.-

Lo seguí hasta el inicio de un sendero que cruzaba el bosque que había tras la casa. –Es un camino importante- me explicó –He tenido muchos amigos de tu edad. Cuando estuvieron listos, los llevé por este camino, a un lugar especial. Tú no estás listo todavía, pero un día, espero poder llevarte hasta allá.- Regresé a la casa, tratando de adivinar a dónde conduciría ese sendero.

Dos semanas después de conocer al Señor Bocón, mis padres habían subido el último cargamento a un camión de mudanza. Me senté junto a mi padre en la cabina del camión para hacer el largo viaje hasta Pennsylvania. Tenía pensado decirle al Señor Bocón que me iba, pero incluso a los cinco años, comenzaba a sospechar que quizá las intenciones de esa criatura no eran del todo nobles, a pesar de que él hubiera dicho lo contrario. Por esta razón, decidí mantener mi partida en secreto.

Mi padre y yo estábamos en el camión a las 4 de la mañana. Él esperaba llegar a Pennsylvania antes de la hora del almuerzo del día siguiente, ayudado por una dotación infinita de café y un paquete de seis bebidas energéticas. Parecía más un hombre a punto de correr un maratón que uno que iba a pasar dos días sentado en un camión.

-¿Es muy temprano para ti?- me preguntó con cierta compasión.

Asentí con la cabeza y me recargué en la ventana, esperando poder dormir antes de que el sol saliera. Sentí la mano de mi padre en mi hombro. –Esta es la última mudanza, lo prometo. Sé qué es difícil para ti, después de haber estado tan enfermo. Cuando a papá lo asciendan, podremos establecernos y entonces tendrás la oportunidad de hacer amigos.-

Abrí los ojos mientras él cerraba la caja del camión. Vi la silueta del Señor Bocón en la ventana de mi habitación. No se movió hasta que el camión alcanzó la carretera, entonces hizo un breve ademán de despedida sosteniendo un cuchillo para carne. No le regresé el gesto.

Años después, regresé a New Vineyard. El terreno que alguna vez había ocupado nuestra casa estaba vacío, excepto por los cimientos, pues la casa se había quemado unos años después de que mi familia la abandonara. Movido por la curiosidad, seguí el sendero que el Señor Bocón me había mostrado aquella vez. Una parte de mí esperaba que la criatura saliera de entre los árboles y me diera un susto de muerte, pero en el fondo, sabía que el Señor Bocón se había ido. Como si fuera algo atado a la casa que había desaparecido junto con ella.

El sendero llegaba al cementerio local de New Vineyard.

Noté de inmediato que muchas de las tumbas pertenecían a niños fallecidos alrededor de los cinco años.



*Ginger Ale es una marca de refresco que originalmente contenía jengibre y por esto, la gente le atribuía propiedades medicinales para curar los resfriados.

martes, 19 de marzo de 2013

La Trampa


Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los habitantes de la ciudad de Berlín, en Alemania, tenían muy poco dinero, los recursos escaseaban y todos parecían estar hambrientos.  En aquellos días, la siguiente historia se volvió muy popular entre la gente:

Una joven se encontró con un ciego en medio de la multitud y por casualidad entabló conversación con él. Después de varios minutos, el hombre le pidió un favor: entregar una carta al destinatario escrito en el sobre.
Como la dirección de la carta estaba de camino a su casa, la chica aceptó. 

Parpadeó un segundo, y cuando se dio la vuelta para preguntar al ciego si había algo más que ella pudiera hacer por él; vio al hombre abriéndose paso entre la multitud muy aprisa, dejando atrás los lentes oscuros y el bastón. Esto la hizo sospechar de la situación, por lo que decidió acudir a la policía.

Cuando las autoridades localizaron la dirección escrita en el sobre, descubrieron un hecho grotesco. Tres carniceros habían estado despachando carne humana y vendiéndola a los berlineses hambrientos.

¿Y qué había en el sobre que el ciego le dio a la joven?

Simplemente una nota que decía: “esta es la última que te envío hoy”.


viernes, 7 de diciembre de 2012

La cinta


Una traducción original más, un poco antes del fin del mundo.

Durante el verano de 1983, en un tranquilo pueblo de Minneapolis, Minnesota, se encontró el cuerpo carbonizado de una mujer dentro del horno de una estufa en una pequeña granja. En la cocina, también se encontró una videocámara, montada en un tripié apuntando hacia la estufa. En ese momento, no se encontró cinta alguna dentro de la cámara.

Aunque originalmente, la escena fue descrita por la policía como un homicidio, más tarde una cinta VHS sin etiqueta fue encontrada en el fondo del pozo de la misma granja (el cual, aparentemente, se había secado unos meses antes) cambiando por completo la perspectiva del caso.

A pesar de estar deteriorada y del hecho de que no tuviera audio, la policía pudo ver el contenido de la cinta. En ella, se mostraba a una mujer parándose frente a la videocámara (aparentemente usando la misma cámara encontrada en la cocina). Después de ajustar la cámara para incluir en la toma a la estufa y a sí misma, encendió el horno, abrió la puerta y se metió dentro, cerrando la puerta del horno tras de sí. 

Durante los ocho minutos siguientes, el horno se agitaba violentamente, mientras un denso humo negro emanaba del interior. Los 45 minutos restantes de video, antes de que la cámara se quedara sin baterías, mostraban una toma estática de la cocina sin cambio alguno.

Para evitar alertar a la comunidad, la policía nunca filtró ninguna información acerca de la cinta, ni siquiera el hecho de que esta había sido encontrada. No podían determinar quién podía haber arrojado la cinta al pozo o por qué la estatura y edad de la mujer del video no coincidían en absoluto con el cuerpo encontrado dentro del horno.


domingo, 30 de octubre de 2011

La mesera

Nota: Esta es la primera traducción propia de este blog, esperando que le sigan muchas más historias que hasta ahora sólo se encuentran en inglés. Disfruten.

Acabas de mudarte a tu nuevo departamento, en una gran ciudad. Después de un año de vivir así, casi has perdido la esperanza de hacer nuevos amigos, ya sea en el trabajo o en cualquier otro lugar. Te sientes muy solo. Después de buscar un lugar pacífico para pasar el rato, encuentras una tranquila cafetería a las afueras del pueblo. La mesera es muy atractiva. Además, parece ser la única empleada del local, la única desde que abrió. Nunca ves a nadie más comer allí. El lugar es perfecto para ti.

Hacerle el amor se convierte en una rutina. Vas allí a cenar cada noche para verla. Después de un tiempo logras hacer amigos, y comienzas a frecuentar la cafetería cada vez menos. Hasta que dejas de ir definitivamente.

Charlando con tu amigo en el bar, comentas lo divertido que era visitar a la mesera en la cafetería. Él opina que para creerlo debe verla con sus propios ojos. Lo llevas allí una noche, pero sólo encuentran un edificio en ruinas. Logran abrir la puerta con mucha dificultad. La suciedad de la cafetería es desagradable y detrás de la barra hay un cadáver mohoso, apestando a pus y podredumbre.

Cuando la policía llega a la escena, los interrogaron a ambos. Te quedas de piedra al escuchar que el cuerpo pertenece a una chica del estado vecino que escapó de su casa. La policía les informa que se trata de un homicidio, y que la chica fue violada un centenar de veces después de su muerte. El policía dice que deben extraer una muestra de ADN para descartarte como sospechoso. De repente estás realmente preocupado.